CAFÉ DE FLORE es una historia de amor
acerca de unas personas separadas por el tiempo y la distancia que, sin
embargo, están conectadas de forma profunda y misteriosa. Esta película
fantástica, trágica y esperanzadora cuenta los destinos paralelos de
Jacqueline, madre de un niño en los años sesenta en París, y de Antoine,
un DJ de éxito recién divorciado en el Montreal actual. Las dos
historias se unen a través del amor. Un amor eufórico, obsesivo,
trágico, juvenil y atemporal.
Si los inmortales Franny y Zooey no hubieran sido hermanos, habrían
estado enamorados como lo están Sam y Suzy en 'Moonrise Kingdom'. J.D.
Salinger condenó a la singularidad –también al aislamiento– a sus sabios
personajes, y Wes Anderson, el Holden Caulfield del cine americano,
recoge su testigo en una fábula que retrata la preadolescencia como
perfecto paraíso perdido, isla que es a la vez casa de muñecas y bosque
legendario, a la vez teatro de títeres y novela de Enid Blyton. El
rígido formalismo de sus primeras películas parece derretirse: la
espiral neobarroca de colores y decorados se pone al servicio de una
conmovedora historia de amor, en la que la fijación por los fetiches de
la infancia –un tocadiscos a pilas, una carta escrita con letra
temblorosa, unos prismáticos que todo lo ven– incendia una relación
tierna y extravagante, que Anderson, optimista y luminoso, contempla
desde la complicidad.
Es hermoso el modo en que la pureza de ese
amor ensombrece el fracaso sentimental de los adultos, tiñendo de
melancolía un relato que, en esencia, quiere captar el escalofrío de un
primer beso a orillas del mar. Tan ligera como una canción de Françoise
Hardy, tan cristalina como una pieza de Henry Purcell, Moonrise Kingdom
es lo más cerca que Anderson ha estado del mejor Truffaut.
HYSTERIA nos traslada a la Inglaterra de finales del siglo XIX
para narrarnos la historia de cómo el doctor Joseph Mortimer Granville
inventó el primer consolador eléctrico para tratar lo que se conocía
como histeria femenina, cuyos síntomas incluían insomnio, retención de
fluidos, pesadez abdominal, espasmos musculares, irritabilidad o pérdida
de apetito.
Cuando, en 1971, Roberto Bodegas y el productor José Luis Dibildos
hicieron Españolas en París la censura nacional ya se había relajado un
poco, para poder explicar ciertas cosas que ocurrían en nuestro país,
pero lo que está claro es que en ese momento le faltó la perspectiva
histórica para contar el fenómeno de la emigración española hacia
Europa. Entonces, se optó por la comedia teñida de un cierto análisis
social. No mucho, unas gotas. 40 años después, Philippe Le Guay y su
coguionista vuelven a la carga, también con humor, sí, pero desde el
lado de los huéspedes (los franceses), por mucho que el personaje de
Natalia Verbeke tenga un decisivo protagonismo.
Annie, Jean, Claude, Albert y Jeanne son amigos desde hace más de 40
años. Pero cuando la memoria falla, el corazón se descontrola y aparece
el fantasma de la residencia de ancianos, se rebelan y deciden irse a
vivir juntos. A todas luces, una locura. Pero aunque la falta de espacio
moleste y despierte viejos recuerdos, empieza una genial aventura:
Compartir casa a los 75 años.